Salvador Padilla Aguilar / Consejo de la Crónica de Tlalpan A.C.

 

Al pie del Ajusco se encontraba el abrevadero.

 

Esta construcción databa de la década de los treinta. Se llegaba a ella al término de los arenales y era lugar de reposo antes de emprender el ascenso al Pico del Aguila, que allí comenzaba. Era una obra de arte, y de gran utilidad para los hatos de ganado de la zona y los montañistas que allí se proveían, en abundancia, del agua característica de esa zona: fría y cristalina.

 

En los setenta, se inició la destrucción a gran escala de la región del Ajusco con una decisión gubernamental. El Ing. Luis Enrique Bracamontes, Secretario de Comunicaciones y Obras Públicas del presidente Luis Echeverría, aprobó la construcción de la carretera Picacho-Ajusco, una vía sin propósito económico claro. Su consecuencia más lamentable fue la apertura de las tierras de los pueblos del Ajusco y Contreras a la especulación inmobiliaria. Ello implicó el inicio de una merma acelerada de la riqueza boscosa y la fauna de Tlalpan.

 

La carretera significó también el fin del abrevadero que, sin razón aparente, fue demolido, quizá por el manejo descuidado en los trascavos o por un afán destructivo gratuito de los trabajadores. Hoy sólo queda un montón lastimoso de piedras de lo que fue una bella obra de ingeniería hidraúlica.

 

¿Cómo era el abrevadero?

Rolando Isita lo describe: “Era una suerte de monumento construido por el Departamento de Aguas y Saneamiento, en 1937, por el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Era … como una barda en rotonda en cuyo centro, arriba, estaba la escultura en roca basáltica de un águila con las alas extendidas, y su cabeza y pico alzados, su silueta era fiel imagen del Ajusco. En su base caía un chorrititito de agua helada. Había que poner en fila las cantimploras para reponerles el agua. El ambiente era de camaradería, los excursionistas que ya habían llegado le ofrecían a uno agua o café caliente, había hasta una decena de fogatas encendidas preparándose para pasar la noche calientitos, para poco antes del amanecer emprender el ascenso y el “asalto” a la cumbre, el «Pico del Águila»”.

 

Por supuesto, para hacer honor a su nombre, el abrevadero era aprovechado por los lugareños de Santo Tomás y San Miguel Ajusco para dar de beber a sus ganados, a los que llevaban a pastar en los zacatones altos y los arenales que por esos lugares había, muy cerca del cráter del Xitle.

 

 

Mi viejo Ajusco así fue.

Por Rolando Isita  

“Por el Suroeste, donde muere la tarde, una águila decapitada anuncia tu suerte, arriba en la montaña ya talaron el verde, ya sin alas, ya sin ramas, ahora sigue la gente. Los grandes iniciados bucaneros del DF, en ritual de aventureros te escalaban vertientes, tus alas albergaron sus quimeras de un cielo, la vista de Mil Ríos, Valle Alegre, fue premio.

Hoy miro tu vientre, es un basurero, te pisa el asfalto, ya no hay tlachiqueros; pelona de pinos, herida por fuego, tu cima echa piedras se cae al infierno… Al pié de tu estirpe, tirada en el suelo, tu imagen en piedra es ruina y miseria, tus aguas se fueron del abrevadero, aquí está el tributo del mundo moderno. «Pico de Águila», alas de árboles, mi viejo Ajusco así fue”.

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