La Ciencia por Gusto / Martín Bonfil Olivera

El caso del anestesista contagioso

La epidemiología es una rama médica que a veces proporciona relatos dignos de una novela o un programa de televisión.

En febrero de 1998, en Valencia, España, el Departamento de Salud detectó, en pacientes sometidos a cirugía en un hospital privado local, un brote de hepatitis C, infección causada por un virus que se transmite por la sangre (por ejemplo en transfusiones –aunque esto se evita actualmente mediante el adecuado control médico de la sangre– o por compartir jeringas entre drogadictos). Al investigar, lograron relacionar una gran parte de los casos con una persona: un anestesista que trabajaba en dicho hospital, así como en una clínica cercana.

Buscando más posibles pacientes, entre 66 mil operados en los dos hospitales, se identificó a 322 de ellos que habían sido infectados durante un periodo de más de diez años. Todos habían sido tratados por el mismo anestesista, que al parecer se había estado inyectando los analgésicos y anestésicos que luego administraría a sus pacientes, con las mismas jeringas.

¿Caso cerrado? No es tan sencillo.

La corte decidió recurrir a un grupo de expertos en genética médica y evolución molecular, encabezado por Fernando González Candelas, de la Universidad de Valencia, para ayudar a responder varias preguntas: si el acusado era realmente responsable de las infecciones, cuántos de los 322 pacientes fueron de hecho infectados por él, cuándo había ocurrido cada infección y cuándo se había infectado el acusado.

Normalmente las técnicas genéticas se usan en juicios en que hay que determinar la identidad de una persona a partir de una muestra de semen o sangre, por ejemplo en un asesinato o violación, o establecer el parentesco entre dos personas, como ocurre en disputas por paternidad. Para ello se utilizan las llamadas “huellas digitales de ADN”, comparan ciertas regiones de la información genética de una persona que son especialmente variables entre individuos. Se puede hacer así una identificación con alta confiabilidad.

En el caso de Valencia, en cambio, se necesitó reconstruir la evolución del virus de la hepatitis C durante el brote epidémico. Este virus, como el del sida, tiene un genoma deácido ribonucleico (ARN) y con cada ciclo de reproducción sufre mutaciones. Como consecuencia, evoluciona muy rápidamente. Los expertos tuvieron que estudiar los genomas de los virus de cada paciente y reconstruir su posible evolución –en algunos casos a lo largo de varios años– para compararlos con el del virus del anestesista, para tratar de saber si la infección provenía de éste o de otra fuente. El reto era mayor si tomamos en cuenta que los virus dentro de un mismo individuo van mutando y evolucionando constantemente.

Utilizando computadoras, la técnica conocida como “reloj molecular” (que supone que las mutaciones ocurren a una velocidad constante para estimar durante cuánto tiempo ha evolucionado un genoma) y análisis estadísticos, los peritos, según reportan en la revista BMC Biology (19 de julio del 2013), determinaron que 47 pacientes se habían infectado de otra fuente, y que el anestesista se había infectado unos diez años antes del brote.

El método no es 100% confiable, pero sirvió como evidencia adicional para ayudar a que el culpable fuera condenado. Lo difícil, dicen los peritos, fue hacer entender a abogados y jueces que la evolución no siempre tarda millones de años, sino que en un virus puede ocurrir en meses. Y que, a diferencia de lo que se ve en programas de televisión como CSI, no todos los análisis genéticos son rápidos ni sencillos, ni ofrecen una certeza total.

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