La Crónica de Hoy / David Gutiérrez Fuentes. P 2

Perro Mundo / Los árboles y sus verdugos

La ciudad de México padece un severo problema de deforestación del espacio público debido a la construcción de muchas vialidades en las que además se le cobra al automovilista por transitar. “Yo gobierno, te autorizo a ti inversionista, que derribes árboles y edifiques carreteras en segundos pisos sobre espacios públicos y cobres por ello”. Y bueno, si el gobierno permite la deforestación de sus espacios públicos para privatizarlos en beneficio de inversionistas que explotan de manera privada el derecho de tránsito con magros resultados, qué podemos esperar de la tala de árboles en lugares con otro régimen de propiedad.

La suma de estas arbitrariedades que le da a cualquiera licencia para matar árboles, ha propiciado fenómenos climatológicos que amenazan con agravarse debido a la obstrucción de muchas zonas de captación de agua.

Por esa razón en temporadas de estiaje se raciona el agua en muchas colonias y en otras ni siquiera llega.

Lo peor es que cuando llueve varias calles y avenidas se convierten en ríos y lentamente el agua se va por el drenaje porque no hay programas ambiciosos de captación de este recurso. Por cierto, un programa delegacional de captación de aguas en Tlalpan, resultó ser otro negocito turbio.

Pero volvamos a los árboles. Existen paliativos que son impulsados a veces de buena te y otras con fines demagógicos. Por ejemplo, es común que se impulsen campañas de reforestación desde escuelas y organizaciones a través de las cuales se conmina a la población a plantar árboles, pero estos movimientos suelen ser limitados y cuando emanan de las autoridades, por lo regular sólo buscan fines publicitarios.

Lo que parece evidente es que no hay un plan, y si lo hay nadie lo sigue, de cuáles deberían ser los recursos mínimos para plantar un árbol en zonas destinadas a ser reforestadas. Es más, muchos se preguntan: ¿hay todavía zonas para reforestar en la ciudad?

Me parece que en esta planificación, se les debe dar la palabra a los especialistas: biólogos, agrónomos, urbanistas. Conocedores de la flora endémica y de la flora que se puede adaptar sin resultar nociva a las condiciones ambientales que presenta la capital.

Debido a la especulación inmobiliaria, a la invasión de tierras de conservación y a que existe un infame mercado corrupto que facilita y promueve la tala, se presentan prácticas alarmantes de las que muy pocos ciudadanos y organizaciones civiles son conscientes o se involucran a fondo.

Ya lo comenté hace unos meses pero vuelvo insistir porque el símil me parece interesante. No hay una relación proporcional entre la conciencia que tiene el ciudadano por la pérdida de una mascota o el espectáculo que entraña la fiesta brava que todavía goza de adeptos, y el triste espectáculo que entraña el derribamiento de un árbol o la poda mutilante y vergonzosa que reduce a muchos de ellos a troncos que en una segunda etapa y de manera clandestina pueden ser derribados e incluso comercializados en mercados negros con mayor facilidad.

Qué bueno que ya ganamos en conciencia por lo que respecta a los derechos de los animales, pero se han puesto a pensar lo que implica en términos cívicos, éticos y urbanísticos el que en cuestión de minutos o acaso horas se derriben árboles que tardaron décadas en crecer y prodigar con sus copas albergue a varias especies de pájaros y sombra a las calles o casas de la ciudad.

Algo que llama mi atención, es lo que las autoridades delegacionales y las del gobierno central llaman medidas de mitigación. La mayoría de los árboles destinados para reforestar zonas urbanas: banquetas, camellones, parques públicos e incluso zonas de conservación que se pretenden rescatar, están destinados a morir. Esto sucede porque siembran árboles de tallas que todavía no son adecuadas para salir de los viveros, tan minúsculos que son sembrados exprofesamente para que no sobrevivan.

También pasa, y en la calle de San Femando, Tlalpan, lo hicieron hace poco, que se rodea de concreto el tronco de los árboles para dejarlos morir lentamente pues el espacio para la captación de agua se reduce drásticamente.

Los ciudadanos tenemos que mostrar un mayor compromiso con nuestros árboles, quizá no tengan sistema nervioso central, no hagan cabriolas ni vayan tras un capote, pero embellecen nuestro entorno, generan armonía, purifican nuestro aire y muchos tienen una edad que nos debe merecer veneración y respeto.

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