Reforma / Julio Trujillo. P 2 Ciudad

Disculpe las Molestias… / Mensaje urgente para el sur de la Ciudad

Quiero salir un sábado por la mañana a tomarme un buen café junto al parque, previa compra del periódico de mi predilección (iba a escribir “hebdomadario”, pero no soy tan mala persona). De ahí, quiero pasar a la tintorería y luego al delicatessen por algunos de los ingredientes de la pasta que voy a cocinar en la tarde.

Quiero saludar al señor que todos los fines de semana saca una silla plegable para tomar durante una hora un rayo de sol y leer “la mala suerte del país”, como llamaba Elíseo Diego al periódico. Todo ello quiero hacerlo bordeando algunos árboles y sin preocuparme por los bólidos ni por mi integridad física, sin claxonazos ni motores rugientes ni la necesidad de surcar mares de asfalto para llegar a nada ¿Qué tiene de malo? Quiero una vida de barrio.

Los habitantes del sur de la Ciudad de México, confesémoslo, siempre nos sentimos superiores a los del centro y el norte, más cultos, con acceso a las dos librerías de siempre y habitando una zona más bonita, más calmada (es decir menos espoleada por las exigencias del dinero) y menos urgente de la metrópoli.

No nos dimos cuenta que pensar así demostraba justamente lo contrario: que éramos unos tontos insufribles condenados al ostracismo urbano.

Hoy el número de librerías sigue siendo muy triste, pero se han reproducido aquí y allá, en el sur, en el centro y en el norte, y a su alrededor o en las cercanías han florecido bellas, saludables manzanas: calles con restaurantes y fondas, pequeñas tiendas de servicios, galerías, camellones, truenos (me refiero a los árboles), ciclistas y paseantes.

Tacubaya, la Escandón, la Condesa, la Roma, Polanco, la Anzures y el Centro, por mencionar un puñado de colonias resistentes y adaptables, hospedan hoy esa vida local de barrio que el sur, muy calmadito, no tiene.

Tranquilizaos, sanangelinos, coyoacanenses y tlalpenses: no os he olvidado. Pero San Ángel es un cuadrante residencial que apenas se comparte y se camina, Coyoacán es una isla y Tlalpan un apéndice que es más fácil citar que visitar. Yo suelo moverme por la Guadalupe Inn, la San José Insurgentes y la Florida, con asomos a la Del Valle, y están muy bien, de veras, tal vez no debería quejarme, pero siento a veces que carecen de la solidez y la redondez de una biosfera que nos invita a quedamos ahí porque ahí todo se resuelve, incluido el movimiento social de una cultura viva y despierta, que no se ha echado, con cierta pedantería, a dormir una larga siesta. Esto incluye a la moda, que solemos despreciar y descartar con la arrogancia de quien no necesita respirar presente…

Este tema se zanja rápido con un palíndromo: a la moda dómala. A mí me gusta ver a la moda salir a pasear, descubrir su más reciente giro gastronómico, sus colores y sus tendencias arquitectónicas. Quiero, ¿por qué no?, ponerme unos audífonos y salir con Daft Punk a la calle a ver cómo las guapas se han vestido este verano. Creo que esto no me convierte en un indigno cerdo capitalista, enemigo de la ciudad.

Los sureños tenemos que ser menos soberbios (y menos tetos, con perdón) e incorporarnos, con todo y nuestros espléndidos barrios, al interesantísimo, generoso y sexy presente de la Ciudad. O se nos va a escapar y luego no la vamos a poder alcanzar.

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